lunes, 10 de julio de 2006

La piedra



Aquel oasis estaba rodeado de arena: dunas inmensas movidas por el viento. Hoy aquí, mañana allá.

El pasaje que contemplaban los ojos de los habitantes de aquel oasis era siempre distinto.

Y a fuerza de ver siempre cosas cambiantes, desearon tener algo inmóvil. Algo que les ayudará a saber que, aunque todo se movía, ellos permanecerían en aquel sitio suyo.

Por fin se fijaron en una gran piedra.

Generaciones contemplaron la gran piedra inmóvil y firme, desafiando tormentas de arena y vendavales... Y terminaron por adorarla.

Un día pasó por allí un caminante. El nunca había adorado nada inmóvil. Aspiraba a vivir cambiando, a recrearse en cada latido de su sangre. Por eso quedó asombrado al ver a aquellos hombres adorarlo único inmóvil que tenían... y terminó por despreciarlos en el fondo de su corazón. Cuando pudo hablarles les dijo así:

- Ignorantes, ¿no sabéis que vuestra madre os parió para que fuerais peregrinos? ¿No sabéis que cada momento que transcurre os cambia? ¿No sabéis que Dios? No nos ha dado más herencia que el futuro?

Los habitantes del oasis entendieron poco de lo que el caminante les dijo, pero fueron todos a una y comenzaron todos a golpear la piedra. Pero la piedra era más fuerte que sus fuerzas...

Así es que decidieron hacerla rodar, poco a poco, hasta alejarla del oasis. Y fueron separando la piedra, hasta que no fue más que un punto perdido en el horizonte. Luego se sintieron libres y nunca más volvieron a adorar nada inmóvil.

Y el caminante se marchó.

Muchos años después volvió el caminante por aquel desierto. Se había hecho viejo y sus pies ya no estaban firmes para soportar arenas inseguras.

Le sorprendió una tormenta de arena. Perdió su orientación.

Anduvo varios días arrastrándose hasta que llegó a un paraje donde había una piedra desnuda y grande... Era la piedra que adoraban unos hombres a los que conoció siendo joven.

Gracias a la piedra se pudo orientar y, casi al borde de la muerte, llegó al oasis donde estuvo hacía mucho tiempo. Y sus labios resecos volvieron a encontrar el milagro del agua.

Cuando se repuso y pudo hablar a los habitantes del oasis, les dijo con voz cansada y llena de experiencia:

- Ignorantes, ¿por qué habéis despreciado vuestra única seguridad? ¿No sabéis que abandonar la firmeza de las piedras que permanecen es ponerse en las manos de la muerte? ¡Agarraos a la tierra mientras duren vuestros días, y estos serán largos! ¡No seáis como el viento de la tormenta, que hoy por la mañana sopla y por la tarde, por acariciar nuevos paisajes, ha muerto para aquel a quien apareció primero!

Pero los habitantes de aquel oasis no le hicieron caso.

Movieron lentamente la cabeza y pensaron que los peregrinos también sienten miedo ante la cercanía de la muerte.

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